jueves, 9 de octubre de 2008

RELATOS DE UNA NUEVA VIDA

20.- LA NEVERA

Fue mi amigo Alberto el que me habló de la tienda…
- Hazme caso. No hay nada más barato en todo Madrid-, me dijo.
Y allí estaba yo, dispuesto a comprarme un frigorífico. Quien me iba a decir que una tienda que venden electrodomésticos con tara iba a cambiar el rumbo de mi vida. Frigoríficos, cocinas, hornos… todo con algún defecto que abaratase el precio e hiciera que el comprador se sintiera orgulloso de su destreza para ahorrarse unos euros. Una habilidad que yo había desarrollado durante muchos años de patearme la ciudad en busca de flashes que gritasen cada vez más fuerte mi nombre.
Mi viejo frigorífico era una de las pocas cosas que conservaba de mi antiguo matrimonio. Cada vez que lo abría y sentía el frío me recordaba a todas las noches que había pasado con mi ex mujer. La vida acabó uniéndola con un mayorista de comida congelada… Para que luego digan que la naturaleza no es sabia.
Era una de esas tardes oscuras del verano madrileño. La tienda, o el megastore, que es como se autodenominan, estaba cerca de la Plaza de Castilla….
Cuando entré supe que allí encontraría lo que buscaba.
La dependienta y su piercing me llevaron hasta mi presa, una Zanussi de 1’60 –Frío, espacio y estilo por primera vez juntos-, según la chica. Mientras ella me vendía la moto yo la observaba detenidamente intentando detectar cuál era su tara. Después de 10 minutos convenciéndome de que mi vida sería mucho más fácil y moderna si la compartía con este electrodoméstico, me dijo:
- … Y tirada de precio por un error inapreciable.
Al preguntarle cuál era ese error, me desafió:
- ¿A que no lo encuentra?
Por más que miraba y miraba no le encontraba ningún fallo al motivo de mi futura vida más feliz y moderna. Cuando se dio cuenta de que empezaba a perder la paciencia me soltó:
- ¿Ve el regulador de la temperatura?-, después de dejarme tiempo para fijarme cuidadosamente en él, siguió diciendo:
- Ahí la tiene. Del 2 pasa al 4. Es un frigorífico sin 3.
Me fui a casa con nevera nueva y la sensación de haber hecho una gran compra. Pero eso fue sólo el principio. A la nevera sin 3 le siguieron una lámpara sin off, un cepillo de dientes con menos cerdas, una caja de aspirinas sin prospecto y una radio sin FM. Las taras me empezaron a atraer y no sólo las de objetos.
Mi primera chica con tara fue Arancha. Le faltaban las piezas 14, 12 y 9 de su dentadura. Rompimos cuando decidió mejorar su sonrisa. La segunda, casi, fue la diosa Minerva, una sabihonda que tenía nueve dedos en los pies y que acabó por no fructificar porque siempre la obligaba a llevar sandalias. Esa era mi vida. Iba saltando de flor en flor, siempre con algún pétalo de menos. Hasta que conocí a Ana Belén.
Ana era cajera. Cajera de banco. Llevaba siete meses yendo a la misma oficina de Caja Madrid y nunca me había fijado en que le faltaba la mano izquierda. Su muñón era lo más bonito que había visto jamás. Era un muñón con clase. Discreto, pero llamativo al mismo tiempo, no como esos que te van pidiendo a gritos que los metas mano. Era como un delicioso y fino bombón francés con envoltorio dorado. Si Marilyn hubiera tenido un muñón así habría sido perfecta. Pero ese muñón era de Ana. Ana Belen y su muñón tenían que ser míos. Después de unos meses saliendo decidimos casarnos. La ceremonia la ofició el padre José David, un cura al que le visitó el diablo en forma de gangrena y le arrebató una de sus piernas cuando estaba de misionero en las Chimbambas.
Ana Belen estaba guapísima.
Parecía que en algún lugar se había realizado un sorteo, el premio era una vida feliz y al parecer me había tocado a mí.
La luna de miel decidimos pasarla en una pequeña isla perdida entre el Pacífico y ninguna parte. Después de catorce horas en un avión llegamos a la isla de Kanduma. Eran las 12 del medio día hora local, diez horas menos en todo mi cuerpo. Nos recibió un grupo de nativos ataviados con flores y empuñando cócteles multicolores. Nos los ofrecían con una sonrisa en la boca, como si supieran por innumerables años de experiencia el efecto que esos brebajes frutales iban a producir en nuestros turísticos estómagos. Después de la ceremonia de bienvenida nos condujeron a nuestro bungalow. Nos esperaban 15 días, o lo que es lo mismo, 360 horas de placer extremo… La primera jornada de nuestro retiro sexual consistió en aprenderme de memoria el cuerpo de Ana. Su espalda infinita bañada en sus primeros kilómetros por un torrente de olas de ébano. Sus pechos acusadores y… ¡diablos! ¡El muñón ya no era un muñón!
- ¿Qué pasa, mi niño?-, me dijo asustada después de oír mi endemoniado berrido.
- El… el… el muñón ha crecido-, contesté con torpeza.
Ana Belen, nerviosa, condujo sus ojos hacía donde yo tenía los míos y vio lo que yo acababa de descubrir, lo que antes era el muñón más deseado del mundo, el miss universo de los muñones, ahora era la palma de una mano sin dedos. Su cuerpo había regenerado sin previo aviso la mano izquierda que Ana había perdido hace años.
- ¿Te duele? ¿Has sentido algo?-, le pregunté.
- No, no he notado nada-, me respondió.
El sobresalto me impidió concebir el sueño en casi toda la primera noche de nuestra luna de miel. Pero mi pesadilla no había hecho más que empezar. A la mañana siguiente, como si de una broma de mal gusto se tratase, a Ana le creció un dedo. Al día siguiente otro. Al otro uno más y así hasta completar cinco y convertirse en una mano completa con su dedo gordo, índice, corazón, anular y meñique. Estaban todos. No faltaba ni uno. Su mayor atractivo había desaparecido. Esa imperfección que la hacía perfecta se había convertido en una vulgar y simple mano. ¿Cómo era posible? ¿Qué extraña fuerza que habitaba en esa isla era la causante de mi desgracia? Pregunté al guía que nos había asignado la agencia de viajes. El chico se llamaba Javier y me contó que el mar que baña esa isla tiene unas propiedades curativas increíbles. Según decía, el exceso de sal que arrastra el agua hace que las heridas se curen de un día para otro.
- …Pero hablamos de heridas superficiales, cortes poco profundos en la piel y cosas así. Lo que usted dice que le ha pasado a su mujer es imposible. Me está tomando el pelo, ¿verdad?- Me dijo mientras se rascaba la nariz y sus rastas.
Ojala en el momento en que nacemos nos extirparan esa parte del cerebro que tiene como función almacenar los peores momentos de tu vida, así habría olvidado para siempre mi luna de miel. Cuando miraba a Ana Belen veía a una mujer diferente. Era una suma de formas geométricas que no coincidían con la original. No podía ser tan superficial como para casarme con alguien sólo porque me gustara su físico. Había otras cosas. Ana era culta, agradable y tenía sentido del humor, ¿quién iba a echar de menos un muñón cuando todavía conservaba el resto de cualidades que habían hecho que yo la quisiera?
Odié a mi amigo Alberto por haberme hablado de esa tienda. Me arrepentí del día que se estropeó mi vieja nevera y tuve que comprar una nueva. Ese día fue el peor día de mi vida. Esa nevera hizo que la primera noche que pasábamos en Madrid a la vuelta de nuestro viaje me levantara de la cama mientras Ana Belen dormía placidamente. La oscuridad y el jet-lag eran mis aliados. Fui hacía la cocina. Abrí todos los cajones hasta que encontré lo que buscaba. El filo del hacha parecía la luna que corta la sábana negra de la noche. Me dirigí sin vacilar hacia nuestra habitación. Allí estaban esos minúsculos cinco dedos riéndose de mí. El corte fue limpio, la mano voló sin vida hasta la alfombra que nos dio como regalo de boda mi tío Pepe.


Han pasado ya quince años desde entonces. De Ana no he vuelto a saber nada. Alguien me dijo que se había casado con un arquitecto y que vivía en una casita en la zona sur, por la M-40. Ni ella, ni la policía entendieron lo sucedido como un acto de amor, sino como un intento de asesinato. Hace una hora que salí de la cárcel y en estos momentos estoy en la cocina de mi casa, delante de la nevera. La he conectado, pero no funciona.


Mañana iré a comprar otra

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